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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

22.12.21

  • 22.12.21
De pequeña vivía junto a mis padres en una de las casitas que los ingleses habían construido para sus obreros en Riotinto, a poco más de setenta kilómetros de Huelva. Cuando la empresa Riotinto Company echó el cierre, las casas y el pueblo –que eran de su propiedad– pasaron a pertenecer a la Compañía de Minas de Riotinto que, en adelante, se encargaría de la explotación minera y del mantenimiento del municipio.


Era un pueblo clasista, pero no al estilo de los pueblos en los que había señoritos y jornaleros. En Riotinto el clasismo se daba según la jerarquía que la persona tenía en el trabajo en la mina. De hecho, había tres barrios: el de Bellavista, un lugar encantador, con todos los servicios cubiertos, pistas de tenis y casas victorianas; a continuación, el Valle y, por último, el Alto de la Mesa.

En Bellavista vivían los directores ingleses de la mina. Estaba rodeado de un muro con varias casetas en las que había un guarda que vigilaba a quien entraba. En el Valle se encontraban unas casas especiales para la época, pero evidentemente menos lujosas que las de el barrio inglés: allí vivían los jefes y los empleados españoles de la dirección. Y, por último, había un grupo de casas muy humildes donde se situaban los mineros y los empleados del mantenimiento del pueblo.

El frío helador se colaba por todas partes y te calaba los huesos, según decían mi madre y mi abuela. En mi casa solo había un brasero que mi madre encendía por la mañana muy temprano, cuando mi padre se iba a trabajar como pintor para la Compañía, una vez que los ingleses ya se habían marchado.

Nosotros, a diferencia de mis abuelos maternos, vivíamos en el Alto de la Mesa. En aquellas casitas solo había dos dormitorios, un comedor, una cocinita, un pequeño patio y una buhardilla. Pero mi padre la tenía muy pintadita, preciosa. Había hecho un zócalo en la pared que imitaba un mármol de aquellos de vetas rosas. Mi dormitorio estaba decorado con florecillas rosas y tules en la ventana.

Lo único que me interesaba era jugar, pero como se hacía antes: en la calle, inventándote juegos cada cual más peligroso. Nuestras madres estaban acostumbradas a poner monedas con mantequilla en los chichones, a curar con alcohol puro las heridas y a taponar las heridas que nos hacíamos en la cabeza a fuerza de esquivar las piedras que solíamos tirarnos. Tenía que ser algo muy grave para que nos llevasen al dispensario. Ellas también eran nuestras enfermeras: sabían todos los remedios del mundo para curar nuestros males.

Recuerdo que luz eléctrica solo había cuando oscurecía. Por la mañana, en el momento en que salía el primer rayo de sol, la luz eléctrica se cortaba. Lo mismo ocurría con las luces de las calles que, a una hora determinada, se encendían e indicaban que había llegado la hora de volver a casa y dejar los juegos.

En invierno, las horas de sol eran poquísimas: a las cinco de la tarde ya oscurecía y, casi siempre, se levantaba una niebla húmeda y espesa. Sin embargo, en estas fechas de Navidad era todo diferente: se sentía la alegría y el jolgorio por todo el pueblo.

Los olores a cisco de los braseros se mezclaban con el aroma a pestiños, roscos y aguardiente. Los villancicos que cantaban los campanilleros se oían por todo el pueblecito. Había una señora que una semana antes de Nochebuena iba a las casas, previo pago, a hacer los pestiños, los roscos de vino y las rosas.

La Navidad empezaba una semana antes, como mínimo. Los vecinos eran como la propia familia: el que tenía más siempre compartía con el que tenía menos. De hecho, se iba de una casa a otra compartiendo lo poco que teníamos.

Mi madre, junto conmigo y una ristra de chiquillería, iba al campo a buscar un pequeño pino para adornarlo. En aquel entonces no había problemas, ya que la propia mina a cielo abierto de Riotinto ya se encargaba de destrozarlos. El pino se adornaba con unas bolas plateadas que comprábamos en la papelería y con adornos que hacíamos con papel.

Y llegaba el día: la Nochebuena. Nos íbamos a casa de mis abuelos, donde se reunía para cenar parte de la familia, mientras que el resto acudía solo a los postres. A las doce en punto nos íbamos a la Misa del Gallo. Por la calle se escuchaban villancicos y ese frío helador se convertía en calor gracias a las gentes humildes que, a cada paso, te invitaban a pasar a sus casas para obsequiarte con lo que tenían. Mi abuela solía comprar un pavo y lo engordaba en un pequeño huerto que tenía, hasta que yo descubrí una Nochebuena que nos lo estábamos cenando y ya jamás volvimos a comer pavo.

Hoy, al cabo de unos cuantos años, recuerdo con muchísima nostalgia a mi padre cantando villancicos y tocando su violín; a mi madre y a todos mis seres queridos que ya no están conmigo. Es la memoria de una niña avejentada que recuerda unas Navidades sin oropeles ni Corte Inglés que valga, pero sí con un auténtico amor y una solidaridad con mayúsculas.

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