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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

30.1.22

  • 30.1.22
Uno de los temas que ha sido poco investigado en nuestro país es el impacto emocional que en niños y niñas puede tener la vivencia de un hecho tan trágico como es la muerte de un familiar. Las razones se deben a que, por un lado, resulta muy difícil hacer valoraciones generales de un hecho que afecta de manera muy distinta según los casos, y, por otro, por el deseo de mantener alejada de ellos la idea del fallecimiento, cosa también muy complicada, pues, de un modo u otro, acaban conociendo este hecho.


Sin embargo, la situación de pandemia en la que nos encontramos desde hace dos años ha dado lugar a que muchos menores hayan conocido el fallecimiento de algún familiar próximo. Y aunque no la hayan experimentado de modo directo, ellos también reciben las informaciones que se dan por los medios de comunicación, por lo que es inevitable que se formen, a su modo, lo que significa esa palabra tan temida como es la muerte.

Puesto que conviene reflexionar acerca de qué significa este hecho luctuoso en los más pequeños cuando ellos preguntan y quieren saber qué piensan los padres, me ha parecido conveniente acudir a dos grandes autores que pueden servirnos de referencia para comprender la psicología de la infancia cuando niños y niñas se interrogan o se enfrentan a la pérdida de un ser querido.

Por un lado, se encuentra el psicólogo suizo Jean Piaget, pionero en los estudios evolutivos del pensamiento infantil. Por otro lado, también son relevantes los trabajos de la psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross, autora de numerosos libros acerca de la relación de los niños con la muerte.

De todos modos, quisiera indicar que en las investigaciones empíricas que he llevado a cabo a lo largo de los años acerca de los dibujos de la familia realizados por escolares en sus aulas me he encontrado con casos de niños o niñas que perdieron a familiares y que tuvieron que afrontar la representación gráfica del grupo familiar en estas situaciones luctuosas que vivían.

En estos casos, fueron fundamentales las informaciones que me aportaron sus maestros o maestras, puesto que alguien externo a la clase, como sucedía conmigo, no era el más adecuado para debatir con ellos su situación anímica.

Por las charlas mantenidas con sus tutores, puedo deducir que los padres en esas situaciones se tienen que enfrentar a darles las explicaciones oportunas acerca de lo que es morir. Y aquí se abre una diferencia entre aquellas familias que tienen una visión laica de la vida de aquellas otras que la entienden de forma religiosa. Conviene indicar que, lógicamente, hay posiciones intermedias, en el sentido de que en la actualidad se abren visiones de tipo espiritual o subjetivo muy personales.

Como ejemplo de una visión laica es el dibujo de la portada, que corresponde a una chica de 13 años que se encontraba en sexto curso de Primaria. Por la numeración que llevó a cabo al finalizar las figuras, podemos apreciar que comenzó dibujando a su madre; después a sí misma; en tercer lugar, lo hace con su padre fallecido, que ocupa el centro de la lámina; continúa con su hermano mayor, al que llama “tate”, y cierra la escena con los dos pajaritos que tiene como mascotas.

La autora, lógicamente, sabía que su padre ya no vivía, pues hacía cinco años que había fallecido; no obstante, tras las explicaciones cargadas de cariño que le había aportado su madre, siente que su padre vive en su corazón y que siempre la acompañará porque recibió lo mejor de su padre cuando estaba con ellos.


Cierta similitud de significado con el dibujo de portada es el del que acabamos de ver y que fue realizado por la niña de 9 de años, cuyo padre había fallecido unos años atrás. Como podemos comprobar, representa a la familia en la playa, en la que incluye a sus abuelos y a sus mascotas. La imagen del padre pervive de manera tan intensa en la niña que lo traza a su lado y como si todavía formara parte real de la familia.

Los dos ejemplos que acabo de comentar entroncan con visión laica de las investigaciones de Jean Piaget, centradas no tanto en averiguar los efectos emocionales que se dan en los pequeños como entender los conceptos que se forman ante la idea del fallecimiento, aunque no la hubieran experimentado a través de algún familiar cercano.

Piaget sostiene que la aparición de la idea de la muerte como hecho irreversible se suele producir alrededor de los 7 u 8 años, cuando niños y niñas comienzan a hacerse consciente de que quien fallece no vuelve a la vida; lo opuesto a lo que podía suceder en los cuentos o en las películas de dibujos animados, en las que los personajes reaparecen en cada capítulo que se emite por la televisión, sin importar que hubieran desaparecido en uno de ellos.

En cambio, la Elisabeth Kübler-Ross, autora de Los niños y la muerte, se centra más en encauzar emocionalmente a los niños y niñas, con ciertos criterios de espiritualidad, aunque no se relacionen con ninguna religión establecida. La propia autora, no obstante, nos dice que “en general, [la muerte] afecta más a los adolescentes que a los niños pequeños, aunque depende en gran manera de la actitud de de los padres, de que hablen abierta y francamente a sus hijos de las tormentas de la vida”.

Conviene apuntar que Kübler-Ross, doctora en medicina y psiquiatría, se involucró intensamente en este tema pues participó como voluntaria, junto con los equipos americanos, en la recuperación del campo de concentración de Meidaneck de Polonia, tras la libración de las fuerzas nazis. Este hecho definió su posterior interés por el comportamiento de las personas conocedoras de la inminencia de su muerte.

Al trasladarse a Estados Unidos, trabajó durante más de veinticinco años en secciones de enfermos terminales de diferentes hospitales. Con el paso del tiempo, se crearon redes de ayudas en distintos países siguiendo sus experiencias, por lo que recibió el reconocimiento de doctor honoris causa en veinte universidades de varios países.


Tal como he apuntado, hay familias que interpretan religiosamente la muerte, por lo que sus respuestas van en este sentido. Es lo que acontece con el dibujo que acabamos de ver de una niña de 11 años que también se encontraba en sexto curso de Primaria.

Como podemos observar, la autora representa a su padre fallecido sobre una nube y delante de un gran sol. Alrededor del rostro de la figura paterna ha trazado un conjunto de líneas, que junto a las manos unidas y la vestimenta que porta, evoca cierta idea de santidad. Por otro lado, tal como vemos, en la familia ha incluido a su “tita” (tal como su profesora escribió al final con bolígrafo), estando las cuatro figuras femeninas cogidas de la mano, como expresión de cariño y de unión en esa adversidad, al tiempo que incluye corazones que flotan entre las figuras como representación del amor que ella siente que se da en su familia.


El dibujo precedente corresponde a una niña de 8 años de tercer curso de Primaria. Según me informó la profesora de la clase, su padre había fallecido hacía un mes, por lo que el recuerdo de la pérdida lo tenía muy presente.

En la escena que ha plasmado podemos ver que traza a su padre por encima de la figura de su madre, con alas y como si estuviera volando hacia el cielo, lugar en el que su familia le ha dicho que se encuentra. Desde el punto de vista afectivo, en estas situaciones tan difíciles de comprender por los más pequeños, es habitual recibir el apoyo de otros miembros de la familia. Es lo que acontece en este caso, puesto que la presencia de su tío, hermano de su madre, se hace frecuente en la casa con sus visitas, así como las de las dos primas de la autora, a los que incorpora como parte de la familia.


Emocionalmente, la pérdida de la madre afecta más a los hijos, ya que, tradicionalmente, ellas han sido las responsables de los cuidados y de los afectos en el seno de las familias. Esto queda expresado gráficamente en este dibujo de un chico de 10 años que se encontraba en quinto curso de Primaria, cuya madre había fallecido recientemente.

El autor, en este caso, opta por no representar la figura materna, sin acudir a ningún simbolismo que amortigüe el dolor, ya que las tres figuras dibujadas -hermano, padre y él mismo- se encuentran separadas, sin contacto entre ellas, expresando el aislamiento y la soledad que se refleja en el dibujo. Por otro lado, no incorpora ninguna otra figura o elemento añadido, reforzando con ello el sentimiento de desconexión con el mundo que le rodea.

Quisiera, finalmente, indicar que las representaciones gráficas de los fallecimientos familiares son distintas entre las niñas y los niños. Las primeras acuden a formas simbólicas que sirven para expresar la necesidad de afecto que necesitan en estas situaciones; en cambio, los chicos representan escuetamente los miembros vivos de las familias sin acudir a elementos de corte emocional que les ayude a transitar por estos conflictos emocionalmente tan duros.

AURELIANO SÁINZ

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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