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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

14.2.22

  • 14.2.22
En enero florecen los almendros. Sus flores son hermafroditas y aparecen en solitario o formando grupos de dos o cuatro. Pueden tener un diámetro de hasta cinco centímetros, con cinco sépalos y cinco pétalos, con una gama de colores que va desde el blanco al rosado de distintas tonalidades, de numerosos estambres –hasta cuarenta– ubicados sobre tres verticilos, de un pistilo y un ovario.


Después de dos meses, si las heladas no han hecho mella en ellos, o la sequía no marchita sus hojas –como podría ocurrir en el momento que vivimos–, sus frutos verdes han adquirido entonces el tamaño idóneo para comerlos. Cuando éramos niños, subíamos a estos árboles para deleitarnos con su fruto. A los cinco o seis meses, estos frutos, las almendras, han madurado. El mesocarpio se ha resecado y abierto, y deja ver en su interior el endocarpio lignificado, endurecido.

En la niñez y la adolescencia, los chiquillos que habíamos nacido en el mundo rural, acostumbrábamos a subir a los árboles para robar sus frutos o buscar y sabotear nidos de pájaros, buscábamos en los riachuelos que ya han desaparecido ranas o bichas de agua. La naturaleza estaba tan presente en aquellos días fríos de invierno o en las mañanas calurosas y luminosas de otros veranos olvidados, que cuesta pensar cómo la tierra se ha ido empobreciendo y cuarteando al paso solemne de una civilización que nunca amamos del todo.

De la tierra mal cultivada extraíamos el orozuz, esa raíz con que los laboratorios fabricaban pastillas Juanola y otras píldoras o grajeas, y la industria de las golosinas el paloduz y el regaliz. Las raíces podían ser delgadas como fideos algo más generosos o gruesas como plátanos canarios, y podían medir varios metros, hasta cuatro o cinco. Pero a los árboles subíamos a coger bellotas. Existen varias especies arbóreas que dan bellotas: como el roble, la encina, el alcornoque, el quejigo y el melojo. Las ardillas, los cerdos y los jabalíes aprecian el sabor de estos frutos. Hoy no se utilizan para el consumo humano, pues previamente deben ser procesados para eliminar o neutralizar los taninos, que los dotan de un sabor amargo y los hace tóxicos. Pero los chiquillos de entonces apreciábamos las variedades más dulces, que presentaban una menor concentración de ácido tánico.

De los árboles consumíamos otras variedades de frutos y de flores. Pero la alloza era uno de los más apreciados. La alloza era la almendra aún verde. También se la conocía como almendruco, aunque este término nosotros lo reservábamos sobre todo para identificar a aquellos compañeros de colegio más torpes o menos aventajados tanto en cualquier tipo de conocimiento como en el desenvolvimiento de aquella vida en ciernes. La alloza es una drupa, con exocarpio afieltrado y mesocarpio coriáceo, de color verde, que se abre en la madurez por una sutura lateral y deja al descubierto el endocarpio, leñoso y con la superficie perforada por pequeños agujeros. Las almendras maduran en otoño, entre siete y ocho meses después de florecer.


En los campos andaluces que nosotros habitamos en la niñez, los almendros eran árboles aislados, no como los olivos o las vides, tan abundantes. Así que, cuando viajábamos a otras regiones, identificábamos esos árboles que florecían en enero, anunciando siempre una primavera tan ansiada. Descubrimos estos árboles no solo en otras tierras, sino también en la literatura, compensando el vacío que el escritor o poeta de turno no encontraba en la naturaleza más próxima. Así surgieron muchas leyendas. Entre otras, la de los almendros nevados, cuyas versiones son tantas y dispares, si bien todas responden al mismo anhelo de enamorar a una mujer.

Una de estas versiones la escribió en el siglo pasado Blas Infante, el padre de la patria andaluza. En su libro Motamid, último rey de Sevilla, su autor recrea el reinado del príncipe Abul-Kasim-Mohamed Ibn Abbad-el Billah. En el libro, Infante restaura –literariamente hablando– Mediana Azahara en Córdoba e idealiza a Motamid. En estas páginas no es el personaje histórico de las sombras y de las contradicciones, ni el político pragmático y cruel que fue, ni el guerrero sin piedad capaz de aliarse con las fuerzas cristianas, que mata si es necesario matar, y destierra si desterrar se hace necesario. También Romaiquía colabora en la idealización de Motamid, una esclava que llegaría a ser reina de Sevilla con el nombre de Itimad. Ella, desde el vacío del ajimez, ve nevada la sierra de Córdoba, allá en Medina Azahara. Y le pide a Motamid que haga nevar de nuevo para ella. Motamid ordena comprar y descuajar todos los almendros del Ándalus para plantarlos en la sierra. Y, efectivamente, en enero la sierra cordobesa se cubrió de nieve con la blanca flor del almendro.


Otra versión de la leyenda de los almendros nevados, tal vez más conocida que la anterior, es obra de Antonio Gala, quien ofrece ciertas variantes respecto a la anterior. El relato está recogido en su libro Paisaje andaluz con figuras, encabezado con el título ‘Azahara’. Gala sustituye a Motamid por Abderramán III, el más grande de todos los califas. El escenario, en todo caso, sigue siendo el mismo: Medina Azahara, esa ciudad donde “las piedras eran como flores y las flores eran como piedras preciosas. De los artesonados colgaban gruesas perlas. Bajo los pavimentos, las acequias hacían sonar el agua de treinta y ocho modos diferentes, para exaltar o adormecer o serenar el ánimo. Más de seis mil columnas tuvo, más del quince mil…”.

Azahara también pide a Abderramán III que haga nevar en la sierra de Córdoba. Así lo recordaría ella: “Y cubriste de almendros el Yebel Alarús, el Monte de la Amada, Abderramán. Y tu Sierra morena se puso blanca de amor como una novia, blanca como la mía. La mañana en que vi tu nieve perfumada creí morir de amor. Tanto que, cada año, el día en que florecen los almendros desciendo para darte las gracias…”.

Antonio Muñoz Molina, en su Córdoba de los omeyas, retoma en parte la historia de los almendros nevados, y también sitúa el escenario en “la ciudad del azahar”, la ciudad a la que Abd al-Rahman dedicó la vida entera. Pero el escritor de Úbeda se desprende de la princesa enamorada. Y escribe que era tan intenso el contraste entre el blanco de los palacios y la vegetación oscura que los rodeaba, que “el califa ordenó talar todos los árboles y los ásperos matorrales silvestres y plantar en su lugar higueras y almendros que tintaran de un verde más suave el paisaje”. Hubo quienes se escandalizaron, pero, como un pintor diluye en agua los colores, el califa logró difuminar el verde oscuro de la serranía de Córdoba y añadirle cada primavera las manchas blancas de los almendros florecidos.

Si bien la versión de Muñoz Molina aparenta ser la más real, la que ofrece Julio Llamazares sea la más idealizada, entre otras tantas a las que no nos referiremos en estas líneas. En ‘Tres postales portuguesas’, el escritor leonés se detiene en Faro: “La mañana del Día de Todos los Santos de 1755, a la hora de la misa, un violento terremoto arrasó Faro –y toda su costa sur portuguesa–, matando a centenares de personas que a esa hora abarrotaban las iglesias. El terremoto arrasó también todos sus monumentos y muchos de los almendros que poblaban y aún se ven en la llanura en la que la ciudad se asienta. Los había mandado plantar, según dice la leyenda, uno de los reyes moros para que, cuando floreciesen en el invierno, apagaran la nostalgia que su esposa, una princesa nórdica, sentía de la nieve”.

Los príncipes y los escritores son capaces de desmochar sierras enteras y plantar almendros en todos los montes de esta tierra con tal de complacer a su amada o de escribir una leyenda increíble –por inaudita y no creíble–. Hubiese sido más fácil haber aconsejado al califa de turno que acompañase a la princesa a Sierra Nevada, que tampoco quedaba tan lejos. Pero entonces, claro está, la literatura no hubiese contado entre sus páginas eternas con estas versiones tan dispares de esta leyenda de los almendros nevados que estos días florecen en cualquier sierra tan próxima como lejana.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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